miércoles, 1 de febrero de 2012

Diplomacia 1810-1824


APUNTES PARA UNA HISTORIA DE LA DIPLOMACIA MEXICANA.
LA OBRA PRIMA, 1810-1824
Jorge Flores D.

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Aunque sea a grandes rasgos, es necesario trazar una breve noticia de nuestras relaciones diplomáticas a partir de 1821, año en que México se convirtió en nación independiente y con derecho a ejercer actos de soberanía política. Puede decirse, sin embargo, que este capítulo de la historia mexicana se inició el 3 de diciembre de 1810 en Guadalajara, cuando don Miguel Hidalgo y otros jefes insurgentes otorgaron credenciales de embajador plenipotenciario a don Pascasio Ortiz de Letona, con el fin de que, trasladándose a la ciudad de Washington, promoviese ante el gobierno de los Estados Unidos de América la concentración de una alianza ofensiva y defensiva; e igualmente consiguiera el suministro de armas, municiones y demás elementos de guerra que se necesitaban para proseguir la lucha por la emancipación del dominio español. Ortiz de Letona, de origen guatemalteco y especializado en botánica, carecía de toda educación política, como era natural en los habitantes de la Colonia, cuyas funciones políticas estaban exclusivamente reservadas a la metrópoli. No pudo llegar el primer diplomático mexicano al lugar de su destino. Aprehendido por los realistas se dio muerte por su propia mano, adelantándose así a la trágica suerte que le esperaba.
Cuando Hidalgo y sus compañeros se encontraban en la ciudad de Saltillo, decidieron enviar por delante en calidad de plenipotenciario ante el gobierno de Washington al licenciado don Ignacio Aldama, cuyo encargo se frustró al ser aprehendido por los realistas de Texas, y más tarde fusilado en Monclova. Mejor suerte tuvo don José Bernardo Gutiérrez de Lara, quien, después de hablar con Hidalgo en Saltillo, emprendió un largo viaje hasta la capital de los Estados Unidos, logrando ponerse al habla con el secretario de Estado, mister James Monroe. Según la relación escrita por el enviado insurgente, Monroe esquivó todo compromiso formal; pero no pudo disimular un oculto pensamiento acerca del futuro destino de la provincia de Texas. En el año de 1813, don Ignacio López Rayón envió, con el mismo carácter de plenipotenciario ante el gobierno de los Estados Unidos, a don Francisco Antonio Peredo, el cual nunca pudo embarcarse en Nautla, como intentó hacerlo, siendo posteriormente asesinado por los mismos insurgentes.
Don José María Morelos hizo que el cura don José Manuel de Herrera emprendiera el camino hacia Washington en el año de 1815, llevando en su compañía algunos jóvenes oficiales insurgentes, entre ellos a don Juan N. Almonte, hijo del gran caudillo. Herrera nunca pasó de Nueva Orleáns, contentándose con enviar comunicaciones al Departamento de Estado, que jamás le fueron contestadas. Entre los años de 1815 a 1816, Herrera estuvo en correspondencia con Morelos por medio de emisarios; y es sabido que entre sus instrucciones figuraba la de negociar la venta o cesión de Texas a cambio de la ayuda que se solicitaba, como consta de la declaración que rindió Morelos durante su cautiverio y proceso en la capital del virreinato.
Ya desde el año de 1811 el Departamento de Estado había enviado a la frontera de Luisiana y Texas dos agentes secretos, con el fin de que lo mantuvieran constantemente informado de los planes y actividades de los insurgentes mexicanos. Ni el doctor Robinson ni William Shaler, que fueron los agentes mencionados, jamás recibieron instrucciones para entrar en arreglos con los jefes independientes. Robinson, que llegó hasta el cuartel general de Morelos en Michoacán, se abstuvo siempre de iniciar relaciones formales, limitándose a cumplir sus funciones de espía. Por ese mismo tiempo había enviado Morelos a los países de la América del Sur un agente diplomático, con la idea de ponerse en contacto con los caudillos que sostenían la guerra contra España. Se llamaba don Simón Tadeo Ortiz de Ayala, y existen datos de su estancia en Bogotá, Buenos Aires, Lima y Santiago de Chile, aunque se ignora qué clase de relaciones sostuvo con Pueyrredón, Rivadavia, Bolívar, O'Higgins y demás prominentes caudillos de la emancipación de América. Por último, don Vicente Guerrero despachó a fines de 1819 al inglés Daniel Stuart, que llegó a Chile y pudo hablar con los directores del gobierno de este país, aunque hasta la fecha se desconozca el tenor de los convenios que haya tratado de propalar en provecho de los insurgentes mexicanos.
La reserva que invariablemente manifestó el gobierno de los Estados Unidos hacia la causa de los patriotas mexicanos puede tener muchas explicaciones. Una de ellas: la neutralidad que guardó durante la ocupación de España por los ejércitos de Napoleón, época en la que se abstuvo de sostener relaciones diplomáticas tanto con el gobierno del rey José, hermano de Napoleón, como con el que representaba en España los derechos de Fernando VII, a la sazón prisionero de Napoleón en Francia. A la caída de Napoleón en 1814, el representante diplomático de Fernando VII, don Luis de Onís, volvió a encargarse de sus funciones en la ciudad de Washington; y desde entonces, al mismo tiempo que trataba de impedir toda ayuda a los países americanos que luchaban contra España, ayuda que prestaban los comerciantes y aventureros con alcance bastante restringido, pero que el gobierno solapaba a despecho de las representaciones del ministro español, seguía una serie de negociaciones con los altos funcionarios de Washington para lograr un arreglo sobre las fronteras de Texas, la Luisiana y La Florida, negociaciones que culminaron con el tratado de 22 de febrero de 1819, celebrado entre don Luis de Onís y John Quincy Adams, secretario de Estado. Por este comúnmente llamado Tratado de Onís, Fernando VII vendió a los Estados Unidos La Florida, y se fijaron los límites con Texas y la Luisiana. La venalidad y otros vicios de Fernando VII ayudaron mucho a los diplomáticos norteamericanos en Madrid; y actualmente se sabe que sólo por alguna fortuita circunstancia, la venta de Texas no quedó incluida en dicho tratado, pues el monarca español ya estaba conforme en hacerla, al igual que la de La Florida.
Puede resumirse, después de escrito lo anterior, que México no pudo sostener relaciones diplomáticas de carácter formal con ninguna nación extranjera, durante su guerra de independencia de España, en el largo periodo que corre desde 1810 hasta 1821. Contrasta esta evidente incapacidad con el éxito que tuvieron los demás países de América insurreccionados contra el dominio español, para sostener dichas relaciones con diversos países de Europa y aun con los mismos Estados Unidos; y aunque es cierto que nunca lograron el reconocimiento formal de su independencia y soberanía política, sí sostuvieron relaciones de facto que mucho les sirvieron para conseguir auxilios materiales de diversos géneros, como el envío de la Legación Británica a Colombia; la formación de las escuadras argentina y Venezuela; la formación de las escuadras de argentina y chilena mandadas por Brown y Lord Cochrane, etcétera. El contacto diplomático se sostuvo por medio de agentes secretos o confidenciales, casi en forma permanente; y desde esa época data la organización de la diplomacia argentina, chilena, colombiana y brasileña. En todos estos países se hizo evidente que, en la clase social que podía llamarse "directora" o "gobernante", había hombres de capacidad e instrucción suficientes para encargarse de negociar y tratar con los gobiernos extranjeros, con más o menos habilidad y prudencia diplomáticas. El contraste que ofrece esta circunstancia es demasiado fuerte y hasta inexplicable porque los establecimientos de educación fundados en la Nueva España por sus dominadores fueron muy superiores a los erigidos en la América del Sur en muchos de sus aspectos. De estos incipientes cuadros diplomáticos salieron después muchos de los hombres de Estado que gobernaron en la América del Sur; y sería risible establecer una comparación entre el enviado de Morelos a los Estados Unidos, Herrera, y un Andrés Bello o un Rivadavia. Don Simón Tadeo Ortiz de Ayala, el otro enviado de Morelos a Bogotá y Buenos Aires, nunca pasó de cónsul en Burdeos, desdeñándose las grandes dotes de organizador que en él había, hasta su final y trágica muerte en el Golfo de México, cuando se dirigía a encargarse de los trabajos de colonización en Texas, en un momento en que ya este recurso para salvar dicho territorio era indudablemente tardío y completamente inútil.
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El 4 de octubre de 1821, siete días después de que México inició su vida de nación libre e independiente, la Regencia y la Junta Gobernadora del Imperio procedieron a la organización del gobierno que debería regir sus destinos. Se crearon cuatro secretarías de Estado, y la de Relaciones Exteriores, la encargada de vigilar y de cuidar los más altos intereses de la nueva nación, fue confiada a don José Manuel de Herrera, de cuya misión en Nueva Orleáns ya hemos hablado. Todos están de acuerdo en pintar a Herrera como hombre más que mediocre y sin carácter, sin aquellos conocimientos que tan necesarios eran en la alta comisión que iba a desempeñar. Era -dice el historiador Robinson- "muy grave en sus modales, pero con pocos conocimientos del mundo, y, por consiguiente, fácil de engañar". Lo más probable es que su designación debióse a una deferencia o deseo personal de Iturbide, a quien se había agregado a los pocos días de iniciado el movimiento revolucionario de Iguala; recordando Iturbide también, quizá, su famosa plenipotencia en los Estados Unidos, de la que había regresado en el año de 1816 para recibir el indulto del gobierno virreinal.
Quince personas, sacadas de las antiguas oficinas del gobierno colonial, integraron la primera planta de empleados de la Secretaría. Provenían estas personas de los ramos de Hacienda, de Alcabalas, del Tabaco o de otras dependencias del virreinato, en las que habían ocupado puestos de importancia subalterna y rutinaria. Entre dichas personas figuraban algunas no nacidas en el país; y a la labor que se les confió, enteramente nueva y hasta entonces desconocida en México, se agregó la de manejar las "relaciones interiores", o sea las que iban a mantenerse con los gobiernos de las provincias del Imperio, con el Congreso Constituyente y con una multitud de corporaciones que por primera vez intervenían en asuntos políticos. Poco tenía en qué ocuparse Herrera por entonces, en lo que tocaba a relaciones diplomáticas con países extranjeros; pero no sucedía así con las "relaciones interiores" de que hemos hablado: que eran, ciertamente, múltiples y agobiadoras. Para auxiliarlo en sus tareas hubo necesidad de nombrarle un subsecretario, que lo fue un abogado y famoso insurgente: don Andrés Quintana Roo. La llegada de don Miguel Santa María, ministro plenipotenciario de Colombia, y la del coronel don José de Morales y Ugalde, enviado diplomático del Perú, dieron motivo para celebrar las primeras recepciones de este carácter que presenciaba la ciudad de México, con el esplendor y pompa de rigor en los gobiernos monárquicos.
Santa María, mexicano de nacimiento y hombre de gran inteligencia y carácter, se apresuró a simpatizar con los que ya manifestaban ideas republicanas, viéndose por esto muy pronto mezclado en graves querellas con las autoridades imperiales. Su situación personal se agudizó al descubrirse una conspiración en la que insinuaba su presencia, culminando el incidente con su retiro del país, después de que se le entregaron sus pasaportes. Habiéndose detenido en Veracruz, en espera del buque que lo llevase a Colombia, estalló por entonces la revolución contra Iturbide, acaudillada por los generales Santa Anna y don Guadalupe Victoria; y a la expectativa del desarrollo de los acontecimientos, permaneció en dicho puerto, cooperando con sus inteligentes indicaciones a la organización y triunfo del movimiento, cuyos fines quedaron condensados en el Plan de Casa Mata. El nuevo gobierno del Supremo Poder Ejecutivo revocó la orden de expulsión de Santa María, invitándole a regresar a la ciudad de México, lo que él se apresuró a hacer de buen grado.
En el mismo año de 1822, cuando ya Iturbide ceñía la corona imperial, apareció en la capital el célebre Joel Roberts Poinsett, enviado por el gobierno de los Estados Unidos en misión secreta. Se le pidió que informara minuciosamente a los funcionarios de Washington sobre la situación reinante en el flamante Imperio, así como de las posibilidades que tenía la nueva nación para convertirse por el desarrollo de sus recursos humanos, económicos y militares, en potencia rival o enemiga. Debía igualmente suministrar toda información útil para que el Departamento de Estado formulara su política hacia el vecino país. La misión que anteriormente había desempeñado Poinsett en la Argentina y Chile, durante la guerra contra el dominio español, mucho le había servido para penetrarse de las condiciones en que vivían las diversas clases sociales y de los encontrados intereses que se hallaban en abierta pugna. Su aprendizaje y conocimiento del idioma español databa de esta época; y, aunque sus facultades de observación y sus talentos han sido desfigurados grandemente por sus enemigos y detractores en México y en Chile, no cabe duda de que su habilidad para esta clase de misiones era evidente, como seguramente ya lo había demostrado a los directores de la política de su país durante su viaje a Rusia y a la América del Sur.
Poinsett visitó a Iturbide; se mezcló con gentes de diversa condición social y económica; observó el funcionamiento de las instituciones; estudió el carácter de los funcionarios públicos y del resto de los habitantes del país; se interiorizó de la situación económica y hacendaria; y después de entregar sus observaciones y estudios al Departamento de Estado en Washington, hizo imprimir lo que no tenía carácter de confidencial y reservado en su famoso libro Notes on Mexico, editado en Londres. Algunos años después, uno de los funcionarios del Imperio, don Juan Francisco Azcárate y Lezama, declaró que, a instancias de Iturbide, había conversado largamente con Poinsett, quien le descubrió el proyecto que alentaban los Estados Unidos de apoderarse de Texas, y le expresó, con ese motivo, su deseo de entablar negociaciones tendientes a ese fin, por medio de una operación de compraventa, tal como se había hecho en los casos de la Luisiana y las Floridas. La versión de Azcárate debe acogerse con reservas; la divulgó en un tiempo en que las luchas entre "yorkinos" y "escoceses" alcanzaban su máxima violencia, y no es difícil que se tratase de una arma de partido en manos de los acérrimos enemigos de Poinsett.
También en este mismo año de 1822 se escribió un documento que habría de influir en el desarrollo posterior de la diplomacia mexicana. Lo redactó el ya mencionado don Juan Francisco Azcárate, en su carácter de presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Soberana Junta Gubernativa del Imperio; y este dictamen, que el historiador Chávez Orozco publicó en 1932 con el título de "Un programa de política internacional", indudablemente sirvió a Iturbide y a su ministro Herrera para orientarse en materia tan delicada y de tanta trascendencia en los futuros destinos de México.
Azcárate tenía un nombre célebre. Como regidor del Ayuntamiento de la ciudad de México en 1808 había proclamado, en unión del licenciado Verdad, los principios de la soberanía del pueblo, convirtiéndose así en uno de los precursores de la Independencia. Pero al estallar la insurrección en el pueblo de Dolores, olvidando sus gloriosos antecedentes, había hecho todo lo posible por congraciarse con los realistas, escribiendo apasionadas diatribas contra los insurgentes, actitud que se desvaneció y olvidó en el recuerdo de todos con el triunfo del Plan de Iguala, obra del antiguo partido realista.
El plan de política internacional esbozado por Azcárate comprende varios capítulos. El primero se refiere a la forma en que se ha de tratar a las "naciones de indios bárbaros" que colindan con la frontera septentrional del Imperio: apaches, comanches, lipanes, etcétera. "Es preciso [escribe Azcárate] abandonar todo proyecto de conquista; que el medio mejor es entablar relaciones de comercio y amistad en donde no las hay y conservar las que ya existen." Siguiendo este punto de vista, algunas de aquellas "naciones" enviaron "embajadas" a la ciudad de México, en donde fueron atendidas y agasajadas, hecho ridiculizado por Alamán en su historia, no obstante que él mismo, como secretario de Relaciones Exteriores en 1823, atendió a los indios "cheroques", cuando éstos se presentaron en la capital.
El segundo capítulo define la política que Azcárate aconseja seguir con los Estados Unidos. Confiesa que se carecía entonces de mapas y cartas geográficos, con excepción de uno, "diminuto", que se debía al padre Alzate, un sabio "más apreciado en las naciones extranjeras que en su propia patria"; y otro, "más amplio y exacto", del barón de Humboldt. ¡Trescientos años de dominio no habían permitido a los españoles trazar planos de las vastas regiones que gobernaban! Pero, en fin: eso no era obstáculo para que Azcárate disertara con amplitud de miras. La cesión que había hecho España de las Floridas a los Estados Unidos, podía, a su juicio, "ser también la manzana de la discordia" entre los dos países vecinos. "No es perdonable el error político que cometió la España en esta parte" -dice Azcárate-, quien recuerda a continuación que la venta de territorio español está absolutamente prohibida por las Leyes de Partida, y, por lo tanto, el rey de España carecía de facultad para ejecutarla. En consecuencia, el gobierno del Imperio tenía que ver el asunto con muchas reservas. Si el gobierno de Washington solicitare la ratificación del tratado de 22 de febrero de 1819, quedando así fijados los límites entre México y los Estados Unidos, "debería tratarse la materia con mucha lentitud, dándole las mayores largas que se pudieran y cupiesen en la habilidad de las personas destinadas para las contestaciones". Azcárate completa su oculto pensamiento con estas palabras: "Por ahora conviene precaver todo rompimiento, por estarse organizando, para lo cual necesita tiempo, dedicación y dinero".
Sin embargo, previendo que los Estados Unidos han de empeñarse en pedir la ratificación del Tratado de Onís de 1819, Azcárate conviene en "que sería necesario ratificar el tratado de límites referido"; y sin perder la fe en el porvenir del Imperio, aunque tratando también de escudriñar los posibles peligros, escribe las siguientes líneas:
Temerán tener por colindante un Imperio que va a ser poderoso por la riqueza metálica, agricultora e industrial; preverán que dentro de pocos años su prepotencia ha de inclinar la balanza a su favor, y querrán evitar las resultas o con la guerra o con la intriga sembrando la discordia.
Como se advierte por este párrafo, Azcárate hacía una profecía de la futura intervención de Poinsett en la política interna de los mexicanos.
El autor del dictamen, o plan de política internacional, no cree que la Unión Americana pueda hacer la guerra, por entonces, al Imperio. Más adelante habla de su considerable poder marítimo, que se compone de 62 buques de guerra; del asombroso progreso que se observa en el aumento constante de su población; de la inmensa riqueza potencial de que disponen en las tierras que dedican a la colonización.
Los estados [escribe Azcárate] no tienen minas ni han sellado desde el año de 1783, que es la época de su Independencia, las sumas de millones que la Casa de Moneda de México; con todo, en tres años sus ciudadanos estuvieron en proporción de prestarle al Estado de la Unión 55 millones de pesos, cuando en trescientos, en mayores y más repetidas urgencias, los habitantes del reino sólo pudieron hacerlo a la España de 84 millones.
Grandes son las ventajas que Azcárate cree factible sacar de entrar en relaciones diplomáticas con los norteamericanos: desde luego, la de conseguir buques para continuar la lucha contra España. Llega, pues, a la conclusión de que, por entonces, lo más importante es darles parte de haberse logrado la Independencia, enviándoles el acta de ella; comunicarles la instalación del gobierno, y los deseos de establecer un comercio útil para ambas potencias. Por último, ratificar el tratado de límites, si la necesidad lo impone.
Al tratar sobre el porvenir que aguarda a la provincia de Texas, descubre Azcárate que su conocimiento de la geografía no está muy apegado a la realidad. "Es tan fértil, de temperamento tan benigno, tan rica en metales." De aquí esas codiciosas miras que sobre ella tienen europeos y norteamericanos. Si por desgracia esa bella provincia saliera de su poder, dice Azcárate, sería una pérdida irreparable para el imperio. "Necesita conservarla por su importancia y para conseguirlo no le queda otro arbitrio sino probarla." Su consejo es certero, irreprochable. Quizá todavía era el tiempo de que se hubiera seguido, pero con decisión inquebrantable, a marchas forzadas.
Después de escrito este capítulo su autor le agregó un apéndice, teniendo en cuenta las más recientes noticias que le habían llegado. En él expone la urgencia que hay de que el Tratado de Onís sea ratificado por los dos países.
Es muy importante instar a los Estados Unidos para que tenga efecto pacto tan solemne, a fin de remover todas las cuestiones que de otro modo fácilmente se suscitarán y más sobre territorios tan ricos y feraces como las provincias de Texas, Nuevo México y las Californias.
Ya veremos más adelante cómo el mismo don Juan Francisco Azcárate olvidó esta sabia y prudente política en el año de 1827, volviendo a su idea de dar largas al asunto, y acelerando, así, la catástrofe que todos veían en el horizonte.
El tercer capítulo del "plan" redactado por Azcárate se refiere a las relaciones con Rusia, país que por sus establecimientos en la costa del Pacífico al norte de San Francisco, entre el Cabo Mendocino y el puerto de Bodega, era entonces limítrofe del Imperio Mexicano. Conceptúa su vecindad muy peligrosa para el futuro de las Californias; y estima que es la hora de cortar el fuego antes de que se convierta en incendio. Para ello concurren las dificultades que tiene por entonces Rusia con Turquía y Austria, y que posiblemente la lleven a una guerra; así como los movimientos interiores de los estados que componen el Imperio Ruso, circunstancia esta última que hace decir a Azcárate: "Su misma dilatada extensión amaga que este coloso político, por su mismo tamaño, debe precipitarse en la anarquía". Cree, pues, de absoluta necesidad, que se avise al zar de las Rusias que México es ya un país independiente y listo para reclamar sus derechos; que se celebre entre ambas naciones un tratado de límites; y que se pueblen las Californias, "proporcionando la emigración de la China " o excitando a las familias pobres del Imperio a trasladarse a ellas, dotándolas de tierras y ayudándolas en sus gastos de transporte. El entusiasmo que manifiesta por la colonización de las Californias por los chinos exalta su imaginación:
Luego que sepan [escribe a vuelapluma] que hay territorios inmensos, tanto o más ricos y fértiles que la China, en donde se les darán tierras y auxilios para la labranza, volarán para las Californias en bandadas iguales a las de los tordos que pasan sobre nuestras cabezas en todos los años a la entrada del invierno.
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El capítulo que Azcárate llama "Relaciones Exteriores por Dependencia", y que destina a examinar las que habrán de sostenerse con las antiguas colonias españolas, que recibían un subsidio en dinero efectivo para completar los gastos de su subsistencia, ayuda que le tocaba aportar a la Nueva España y que ascendía anualmente a varios millones de pesos, es muy interesante, aun prescindiendo de lo que sólo era producto de una imaginación de criollo.
En cuanto a Cuba y Puerto Rico, Azcárate avizora el tiempo en que se han de insurreccionar contra España. Si al sobrevenir esta crisis política dichas colonias "imploran el auxilio del Imperio", se les deberá prestar,
por los inmensos bienes que le proporcionará tener a su disposición la llave del seno mexicano, el país abundante de maderas de construcción, el punto más proporcionado para hacer el comercio con el reino de tierra firme, comunicándose con los países libres de Caracas y Buenos Aires, y tener esta escala para la navegación de la Europa.
Por este fárrago de palabras podrá tenerse una idea de las aficiones declamatorias de Azcárate, que al parecer ignoraba que México disponía de maderas de construcción en abundancia.
Pero si el cálculo no se realizaba, y Cuba y Puerto Rico seguían en poder de España, debían adoptarse otras medidas, pues era de toda conveniencia estar pendientes del puerto de La Habana, tanto para precaver empresas hostiles en tiempos de guerra, como para impedir el contrabando, en los de paz. Sobre la naturaleza de estas medidas, Azcárate no las especificaba ni se extendía en detalles.
Acerca de las relaciones con la vecina Guatemala, Azcárate se atiene a las noticias que por entonces circulan de que ya ha proclamado su independencia y adoptado el sistema republicano, y manifiesta una idea que, en lo sucesivo, nunca ha de ser contrariada por los directores de la política mexicana: "Que así sea y que se maneje con tal separación; se está muy distante de impedirle [que] adopte el gobierno que mejor le parezca". Sin embargo, no se muestra optimista sobre el futuro de aquella región, y piensa que acaso se vea obligado a implorar el auxilio de otra potencia o la del mismo Imperio Mexicano "para no acabar desastradamente". En todo caso México debe dejar que "las cosas giren por la dirección que han tomado, debe aguardar [que] se organice el gobierno, cualquiera que sea, para fijar los límites de uno y otro territorio".
Incluye este capítulo, de las "Relaciones Exteriores por Dependencia", un proyecto que Azcárate llama "tan necesario como grandioso". Es nada menos que el esbozo de una política para aplicar en el Oriente; y que es probablemente el único plan que sobre ese particular haya redactado un funcionario mexicano. La necesidad de conservar las Californias y las provincias inmediatas, según Azcárate, exigía fuerzas navales de más o menos consideración; y como la construcción de esta flota resultaría más fácil y ventajosa llevándola al cabo en los astilleros y arsenal del puerto de Cavite, la posesión de las islas Filipinas y las islas Marianas, sería muy conveniente. Por consiguiente, debía explotarse la voluntad de los "manilos", para saber si se hallaban dispuestos a incorporarse al Imperio Mexicano, tal como ya lo habían hecho Chiapas, Guatemala, Honduras y Nicaragua. En tal caso se les daría "un gobierno liberal y justo en los términos que el Congreso disponga". Algunas consideraciones de peso concurrían a creer en la posibilidad de semejante proyecto. En primer lugar, que, sin el comercio y el subsidio de México, aquellas dependencias de España no podrían sostenerse por mucho tiempo. Y en cuanto a las ventajas que acarrearía al Imperio la agregación de las Filipinas y las Marianas, eran muchas. Desde luego asegurar la defensa y conservación de las Californias, para lo cual Azcárate no perdía su idea de poblarlas con una fuerte inmigración china, grandemente facilitada si aquellas posesiones insulares se unían al Imperio. Pero el provecho máximo se obtendría al asegurar a México el comercio con el Asia, para lo cual el puerto de Manila era el puente obligado por una tradición de siglos. Los productos de la China, de la India, de Malaca, de Borneo, de Ceilán y de Bengala, llegarían en corriente continua a los puertos del Imperio; y los de éste irían a aquellos países, en donde la moneda mexicana gozaba del mejor concepto y servía de patrón para las transacciones de Europa.
Los negociantes europeos [dice Azcárate] hacen un comercio pasivo en la India y en la China, por ser pocos los artículos que conducen a su suelo. En el Imperio Mexicano exclusivamente se creían y cultivan los que usan por lujo y necesidad [...] de suerte que puede muy bien suceder que con el tiempo sea igual el comercio que por el Occidente haga con el Asia, al del Norte que mantenga con la Europa. De este modo sostendrá el giro y correspondencia mercantil más activo en estas dos partes del globo, sacará una utilidad incalculable con tener en su mano la balanza para equilibrar sus giros, no permitir se le imponga la ley por potencia alguna, y el concurso de negociantes le dará una superioridad conocida sobre todos, como que es su arbitrio hacerlo o no directamente.
Ya hemos visto el enorme mercado que el Asia ofrecía a la plata mexicana, Azcárate lo insinuaba en otra forma, al referirse al prestigio que gozaba la moneda mexicana en los países orientales.
Es indudable que la policía preconizada por Azcárate para ser empleada en Oriente, sólo hubiera requerido un esfuerzo de continuidad, aunque las implicaciones políticas que suponía la agregación de las Filipinas y las Marianas no hubiesen sido factibles y realizables. Un tráfico de siglos, mantenido a través del Pacífico, hacía de México el país más indicado para robustecer y conservar esta hegemonía comercial, en la que los Estados Unidos no pensarían sino después de un cuarto de siglo a la fecha del plan esbozado por Azcárate. Para que ésta hubiera cristalizado en hechos, habría sido indispensable un país organizado políticamente en el interior, como base indispensable, sine qua non, para ensayar y ejercer una política exterior. Precisamente, cuando Azcárate escribía su proyecto, México iniciaba un largo periodo de convulsiones y de crisis para "reorganizarse" políticamente. Este periodo de ajuste interno no se ha cerrado hasta la fecha.
Existe otro capítulo en el trabajo de Azcárate que lleva el título de "Relaciones Exteriores por Necesidad". Trata en él de la política que conviene seguir con la Santa Sede, ya que el Imperio Mexicano había hecho "confesión tan solemne como pública de la religión católica, con exclusión de otra alguna", al constituirse de acuerdo con una de las tres bases fundamentales del Plan de Iguala. Sugiere Azcárate el envío de un representante diplomático a Roma, con carácter permanente, a fin de negociar las nuevas modalidades que han de normar las relaciones entre la Iglesia y el Imperio. Como el Patronato Real que ejercían los reyes de España se ha transferido a la nación mexicana al convertirse ésta en país soberano, tal prerrogativa deberá subsistir en toda su fuerza. En consecuencia, la provisión de los altos puestos y dignidades eclesiásticos la hará el pontífice a propuesta del gobierno mexicano, a cuyo cargo seguirán corriendo todas las cargas impuestas por dicho patronato. Azcárate, criollo católico nacido y educado en la tradición virreinal, introduce, sin embargo, en su plan político, algunas condiciones en el modus vivendi que propone; y estas premisas que en esa época pasan inadvertidas quizá por tratarse de un documento de carácter confidencial, entrañan claramente el principio de una reforma en el status de la Iglesia. Entre estas novedades hay algunas bastante singulares dado el espíritu de aquellos tiempos y las costumbres arraigadas; su santidad no daría licencia a los obispos para legar a sus parientes los bienes adquiridos durante su ministerio eclesiástico ni señalaría el territorio de los obispados de nueva creación, por ser acto externo que debería reservarse a la nación. Las órdenes religiosas tendrían carácter de congregaciones particulares del Imperio y sus prelados generales residirían en el país, y no en España u otras naciones. Además, una proposición un tanto atrevida y de gran trascendencia: pedir al Papa que designase personas residentes en el Imperio para la reforma de las órdenes monásticas, "pues así serán más útiles de lo que han sido hasta aquí". Azcárate recordaba a este propósito el concordato celebrado entre Benedicto XIV y el rey Fernando VI de España, con fecha 28 de febrero de 1745, por cuyo primer capítulo el pontífice accedió a dicha reforma. El pensamiento de Azcárate era muy claro al referirse a la reforma de las órdenes religiosas: "para que vuelvan a prestar la utilidad espiritual y la pública, bajo cuyo concepto se admiten en las naciones".
No paraban ahí las medidas que habrían de aplicarse en materia tan delicada: la edad para profesar en las citadas congregaciones se fijaría en los veinte años, evitándose así los abusos que eran corrientes al profesar los novicios cuando aún no podían decidir por sí mismos en asunto de tanta trascendencia. Este requisito se aplicaría especialmente a las monjas, porque tenían menos entereza para resistir la seducción
con que en muchas ocasiones se las encaminaba al claustro por un padre avaro, que con su daño eterno quería enriquecer a un hijo, y de los otros muchos de que se prevale la fuerza. Y siendo la nación protectora de la libertad individual de los mexicanos [agrega textualmente Azcárate] ¿no será también conveniente [que] se promulgue una ley que castigue con severidad a estos monstruos que abusan de las facultades que tienen sobre sus hijos?
Para facilitar la exclaustración de las personas que no quisieren persistir en la vida monástica, la Santa Sede autorizaría a los obispos del Imperio para declarar la nulidad de sus votos.
No son objeto de la atención de Azcárate los bienes de la Iglesia, pero sí propone que se cambie el destino de ciertas rentas eclesiásticas para aplicarse a otras obras y necesidades. Finalmente, considera necesario que Su Santidad nombre un nuncio para que lo represente en México, el cual deberá ser mexicano; que se designen dos cardenales para el Imperio; y que éste señale cuarenta mil pesos anuales para ayudar a mantener el decoro del pontífice romano, y al mismo tiempo recompensarle por las cantidades que dejará de percibir con el nuevo arreglo.
Once años después de escrito este documento, varias de las reformas indicadas por Azcárate serán incluidas en el programa reformista del vicepresidente don Valentín Gómez Farías. Ya para entonces el autor del dictamen habría fallecido; pero es casi seguro que de vivir en 1833, hubiera sido uno de los enemigos más violentos de tales reformas, como sucedió con muchos personajes de la misma época.
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Todavía será preciso referirnos a otro capítulo del documento redactado por Azcárate. Se titula "Relaciones Exteriores por Política", y comprende las bases en que deberían descansar las futuras relaciones con España, Inglaterra y los nuevos países independientes de la América del Sur.
Azcárate, criollo distinguido, concede la primacía a España.
El reino le debe el ser, el idioma, la religión, la educación y la instrucción civil y política. Es cierto [sigue diciendo] que no hizo lo que pudo ni lo que debió. Roto ya el lazo que se componía de tantos hilos, el amor, la gratitud y la política exigen [que] manifestemos, como hasta aquí, el alto aprecio y la consideración que nos merece la potencia que eligió el Altísimo para encomendarle el cuidado de estos países en su primera edad. El Imperio continuará respetando las personas y bienes de los europeos con la delicadez y exactitud mayor. Si [...] reconociera la Independencia, la tratará con preferencia a toda otra; mas... si se quiere hacer la guerra, el Imperio se defenderá y al tiempo de hacer la paz, no la verá como a madre, sino como a madrastra.
Azcárate examina el estado y las condiciones que privan entonces en la península, y los describe desastrosos, impotentes. Acabará por aceptar los hechos consumados,
y en este caso admitirá el Imperio con gusto a sus individuos y familias que quieran poblar y serán mejorados en el repartimiento de tierras; hará el comercio con ventaja de los derechos que paguen las demás naciones; se adoptarán los términos de amistad más provechosos; en fin, recibirá nuevos testimonios de aprecio, estimación y cordial afecto.
Acerca de las relaciones con Inglaterra, estudia Azcárate los antecedentes del establecimiento de Belice, y hace un análisis del Tratado de Versalles celebrado entre Inglaterra y España el 3 de septiembre de 1783. Por este convenio, la concesión de tierras otorgada por la corona española para el corte de maderas preciosas y palo de tinte se reduce a la región comprendida entre los ríos llamados de Belice y Río Hondo,
quedando el curso de ambos por límites indelebles, de manera que su navegación sea común a las dos naciones, a saber: el del río Valiz o Bellese, desde el mar subiendo hasta frente de un lago o brazo muerto que se introduce en el país y forma un istmo o garganta con otro brazo semejante que viene hacia Río Nuevo o New River, hasta su corriente y continuará después la línea por el curso del río Nuevo, descendiendo hasta frente de un riachuelo cuyo origen es entre río Nuevo y río Hondo, el cual riachuelo servirá también de límite común hasta su unión con río Hondo, y desde allí lo será éste descendiendo hasta el mar en la forma demarcada en el mapa que los plenipotenciarios de ambas Coronas tuvieron a la vista para fijarlos puntos concertados.
Cuando Azcárate buscó una copia de este mapa para consultarlo, no lo pudo hallar en los archivos del virreinato.
El alto funcionario del Imperio apunta cuidadosamente que, según el tratado, el derecho de dominio y de soberanía del territorio mencionado, queda incólume en favor de España. Otras de las condiciones pactadas son las siguientes: Que la superficie de terreno se concedía exclusivamente para que los súbditos ingleses continuaran el corte de maderas y de palo de tinte; que no podrían levantarse fortificaciones, destruyéndose las ya existentes; y que el derecho de pesca, concedido únicamente para la subsistencia de los habitantes de Belice, no incluía en manera alguna al de establecerse en las islas adyacentes.
Como el Imperio [escribe Azcárate] ha reasumido respecto del continente los derechos del Rey Católico y nación española, por su parte debe observar religiosamente el Tratado de Versalles, como la Inglaterra por la suya estará pronta a cumplirlo.
Y, como en los casos de los Estados Unidos y Rusia, deberá participarse al gobierno de Londres que México es ya una nación soberana, manifestándosele que el Imperio está en la mejor disposición para ratificar en todas sus partes el Tratado de Versalles.
La parte final del plan esbozado por Azcárate está destinado a los países de la América del Sur. ¿Qué política conviene adoptar hacia las naciones hermanas? La naturaleza y la conveniencia lo indican claramente.
¿A quién podrán acudir unos y otros para auxiliarse con más confianza en caso de ser atacados por una potencia extraña, sino a los que, unidos por la religión, el idioma, las relaciones de amistad, de comercio y de parentesco son los más inmediatos y sostienen una misma causa? Son nuestros hermanos, manifiésteles el Imperio toda la ternura que le anima con ese respecto, forme con ellos el antemural más poderoso de la libertad por medio de la más estrecha alianza y conozca el mundo que las dos grandes regiones que la naturaleza unió por el istmo de Panamá, lo están mucho más por sus pactos y convenciones, que una es su causa, una su resolución y una su opinión. Particípeseles, pues, nuestra revolución importante, y como los diferentes Estados de la Grecia [...] únanse ellos después de haberse redimido de la esclavitud y afirmen su libertad, por ser llegado el tiempo señalado por la Providencia Divina para sobreponer a la América sobre todos los demás pueblos.
Así es como Azcárate, en estas cláusulas que parecen dictadas por un lírico entusiasmo, encierra todo un programa de política a seguir con los pueblos hermanos de América. Fechado el documento el 29 de diciembre de 1821, cuando todavía Monteagudo y Bolívar no concretan sus ideas acerca de la alianza de las antiguas colonias españolas; se adelanta también en varios años a la fallida asamblea de Panamá en 1826, en donde cristaliza el ideal político de Simón Bolívar. La política mexicana hacia los pueblos de la América española, enunciada por Azcárate, será observada desde entonces, como una norma invariable y firme, a través de todas las vicisitudes internacionales.
Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Ernesto de la Torre Villar (editor), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 4, 1972, p. 9-62.
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